miércoles, 9 de febrero de 2011

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Voy a contar la historia de una noche, una noche que sonaba poco a poco a pérdidas, algunas cercanas, otras no tan ajenas. Voy a recordar esa noche, aquélla en que dos hombres desaparecían brindando un tiempo para mi histeria, creando un escenario para mis lamentos.
Todo ocurrió poco después de la media noche, justo bajo el silencioso frío de la madrugada tuve que salir  corriendo para abrazar a un ser que se desvanecía mientras que, ya en mi cabeza, cargaba con otra ausencia: sin más ni más tuve que comenzar a regar lágrimas por mis dos muertos. Si no recuerdo bien esa noche es porque preferiría no hacerlo, es porque pido olvidar aquéllo que no debo olvidar y que aún sin remedio ni esfuerzo puedo llegar a sentir una y otra vez como algo que no estuviese lejos. Lo que vieron mis ojos, lo que mi corazón sintió por aquellos dos puedo aún tenerlo frente a mi rostro: ese maldito olor del apestado que respira y el lamentable respiro que no da vida.
Esa noche el olor era fétido, profundamente fétido, lleno de tragedia, de un muerto llamado Amor que había  empezado a  pudrirse antes de quedar perplejo y de un Padre que dio vida, tanta que ya era el tiempo de agazaparse en la eternidad yerma. Esa noche lloré a una tierra que no brindaba consuelo; era huérfana y viuda bajo la misma luna, era la habitante de una soledad que asfixiaba.. era la mayor mendiga de sueño, de olvido...  de caricia compasiva. Una escape hubiese sido perfecto pero no logré hallarlo. De algún modo vi el siguiente amanecer y decidí que no habría más tristeza en mi corazón que aquélla que guardaría por la muerte de mi primer padre.

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