sábado, 26 de febrero de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
sábado, 19 de febrero de 2011
Otoño
Recuerdo que por aquellos días de septiembre mi corazón estaba marchitándose -tal como lo hacían las hojas de los árboles, pero éstos tenían la plena certeza de renacer al paso de seis meses-. Mi corazón no tenía tales esperanzas, más aún, cada día iba perdiendo la intención de dar un latido más. Mi corazón sufría de algo parecido a una enfermedad que no se cura con esperanzas sino con la ausencia de ellas. El tiempo que dura el tratamiento es totalmente indeterminado, nadie sabe en verdad lo que ha de pasar para que renazca, nadie tampoco sabe con certeza si es que así ha de ocurrir.
Ahora es casi el final del invierno. Ya no escucho mis latidos. Puede que mi pecho esté tan marchito que no haya de encontrarse nada para él cuando llegue la primavera. El tratamiento seguro habrá de seguirse, de alguna u otra forma se le ha forzado a caer en un abismo infinito de desesperanza; un abismo que huele a eternidad, donde no se escucha ni un goteo que indique el paso del tiempo.
Mi único temor es que durante el tratamiento de la total desesperanza ocurra algo como aquello que suele suderle a las hojas marchitas. No hay temor en que se suelten y viajen con el aire, ni que brillen tenuemente con sus dorados en los atardeceres, no, no hay temor de que eso le ocurra a mi corazón. El único suceso a temer es que el viento deje de soplar un día y que caiga a la deriva, totalmente seco, frío y tieso, entonces, sin más ni más, habrá un irremediable crujido en este abismo.
Ahora es casi el final del invierno. Ya no escucho mis latidos. Puede que mi pecho esté tan marchito que no haya de encontrarse nada para él cuando llegue la primavera. El tratamiento seguro habrá de seguirse, de alguna u otra forma se le ha forzado a caer en un abismo infinito de desesperanza; un abismo que huele a eternidad, donde no se escucha ni un goteo que indique el paso del tiempo.
Mi único temor es que durante el tratamiento de la total desesperanza ocurra algo como aquello que suele suderle a las hojas marchitas. No hay temor en que se suelten y viajen con el aire, ni que brillen tenuemente con sus dorados en los atardeceres, no, no hay temor de que eso le ocurra a mi corazón. El único suceso a temer es que el viento deje de soplar un día y que caiga a la deriva, totalmente seco, frío y tieso, entonces, sin más ni más, habrá un irremediable crujido en este abismo.
viernes, 18 de febrero de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
Reluctance Robert Frost
Out through the fields and the woods
And over the walls I have wended;
I have climbed the hills of view
And looked at the world, and descended;
I have come by the highway home,
And lo, it is ended.
The leaves are all dead on the ground,
Save those that the oak is keeping
To ravel them one by one
And let them go scraping and creeping
Out over the crusted snow,
When others are sleeping.
And the dead leaves lie huddled and still,
No longer blown hither and thither;
The last lone aster is gone;
The flowers of the witch hazel wither;
The heart is still aching to seek,
But the feet question “Whither?”
Ah, when to the heart of man
Was it ever less than a treason
To go with the drift of things,
To yield with a grace to reason,
And bow and accept the end
Of a love or a season?
And over the walls I have wended;
I have climbed the hills of view
And looked at the world, and descended;
I have come by the highway home,
And lo, it is ended.
The leaves are all dead on the ground,
Save those that the oak is keeping
To ravel them one by one
And let them go scraping and creeping
Out over the crusted snow,
When others are sleeping.
And the dead leaves lie huddled and still,
No longer blown hither and thither;
The last lone aster is gone;
The flowers of the witch hazel wither;
The heart is still aching to seek,
But the feet question “Whither?”
Ah, when to the heart of man
Was it ever less than a treason
To go with the drift of things,
To yield with a grace to reason,
And bow and accept the end
Of a love or a season?
lunes, 14 de febrero de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
Dos entierros
He vivido una tarde bajo el desamparante sol, he asistido a dos entierros. Bajo la tierra dejé a mi primer padre y en la nada ha desaparecido mi primer amor.
Si he de ser justa no podría llamar primero, ni padre, ni amor a lo que he perdido. Si de justicia se tratase no habría de ser ésta la noche en que sigo llorando dos muertes... -si se me pidiese la verdad, tendría que decir que sólo hubo un silencio tiempo atrás-. Sin embargo lo que tengo es lo que vi esta tarde: un reflejo de mí misma, una sombra parecida a lo que era mi cuerpo... perdida, vacía... lugar donde no hubo una sola lágrima derramada para aquel cuerpo recostado frente al cielo... -en el silencio ahogué esas lágrimas... en silencio murieron-.
La tierra me hubo de ayudar, cubrió de negro ese amor, sepultó lo que sin vida había quedado... Y cobijó... la tierra abrazó a mi padre con ternura. A ella agradezco, en ella entierro.
¿Por qué llegaron juntas las pérdidas, por qué se almacenaron en el tiempo, por qué avanzó la misma peste en esos dos cuerpos? Bajo el sol, en la tierra, en el espacio y tiempo de la inmensa nada se quedaron las preguntas... en la nada se ha extinguido lo que tal vez no brilló jamás... habrán sido espejismos? Habrá sido algo sencillo?
Ahora, en este cementerio permanezco de pie, de aquí me he de alejar paso a paso. Mi padre irá conmigo mientras que aquéllo que no era amor tiempo ha que yace en el olvido. Por ahora se necesita silencio, tal vez así las lágrimas rueden, tal vez así los reflejos sanen. Para siempre dejo aqui un muerto... De mi primer padre... imposible despegarme... aún cuando ahora no le logre oir una palabra más.
miércoles, 9 de febrero de 2011
1
Voy a contar la historia de una noche, una noche que sonaba poco a poco a pérdidas, algunas cercanas, otras no tan ajenas. Voy a recordar esa noche, aquélla en que dos hombres desaparecían brindando un tiempo para mi histeria, creando un escenario para mis lamentos.
Todo ocurrió poco después de la media noche, justo bajo el silencioso frío de la madrugada tuve que salir corriendo para abrazar a un ser que se desvanecía mientras que, ya en mi cabeza, cargaba con otra ausencia: sin más ni más tuve que comenzar a regar lágrimas por mis dos muertos. Si no recuerdo bien esa noche es porque preferiría no hacerlo, es porque pido olvidar aquéllo que no debo olvidar y que aún sin remedio ni esfuerzo puedo llegar a sentir una y otra vez como algo que no estuviese lejos. Lo que vieron mis ojos, lo que mi corazón sintió por aquellos dos puedo aún tenerlo frente a mi rostro: ese maldito olor del apestado que respira y el lamentable respiro que no da vida.
Todo ocurrió poco después de la media noche, justo bajo el silencioso frío de la madrugada tuve que salir corriendo para abrazar a un ser que se desvanecía mientras que, ya en mi cabeza, cargaba con otra ausencia: sin más ni más tuve que comenzar a regar lágrimas por mis dos muertos. Si no recuerdo bien esa noche es porque preferiría no hacerlo, es porque pido olvidar aquéllo que no debo olvidar y que aún sin remedio ni esfuerzo puedo llegar a sentir una y otra vez como algo que no estuviese lejos. Lo que vieron mis ojos, lo que mi corazón sintió por aquellos dos puedo aún tenerlo frente a mi rostro: ese maldito olor del apestado que respira y el lamentable respiro que no da vida.
Esa noche el olor era fétido, profundamente fétido, lleno de tragedia, de un muerto llamado Amor que había empezado a pudrirse antes de quedar perplejo y de un Padre que dio vida, tanta que ya era el tiempo de agazaparse en la eternidad yerma. Esa noche lloré a una tierra que no brindaba consuelo; era huérfana y viuda bajo la misma luna, era la habitante de una soledad que asfixiaba.. era la mayor mendiga de sueño, de olvido... de caricia compasiva. Una escape hubiese sido perfecto pero no logré hallarlo. De algún modo vi el siguiente amanecer y decidí que no habría más tristeza en mi corazón que aquélla que guardaría por la muerte de mi primer padre.
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