miércoles, 3 de agosto de 2011

Día 31: historias

Una tarde en el 2009
Me gusta pensar que aquella tarde hubo existido por algo más que casualidad; no estoy segura de llamarla destino pero estoy segura que no fue azar. Fue como si hubiéramos llegado a ella por la simple intuición de tener que besarnos, justo esa tarde, justo bajo esa lluvia.
Todo comenzó por la celebración de un cumpleaños. El punto de encuentro sería un típico lugar del centro de la ciudad... no nos habíamos visto antes... hasta aquella tarde sólo eras una idea, unas cuantas líneas en mi cabeza. 
Los nervios cumplieron un previo ataque de miedo en mí, no sabía si salir de casa o pasar aquella tarde llorando bajo las sábanas... Cuando al fin logré decidir, sabía que llegaría más allá de la hora acordada... por algún motivo tú esperaste.
No sé mucho de estas situaciones pero estoy segura de que no les ocurre a todos... caminar justo hacia un desconocido y saber que se trata de aquél que se ha puesto ahí, en ese lugar y tiempo, para ser conocido.
Hecho de lo menos predecible, definible sólo como una sorpresa... recuerdo pocos datos de la plática... pero sé que tu risa me gustó desde el principio, con esa exhalación al inicio como si fuera falsa sorpresa pero que en el segundo siguiente se convierte en genuina hilaridad... una boca que se rasga en lateral, los dientes se presentan y tus ojos dicen que mis palabras dan gracia en verdad.
Juro que yo no hube planeado nada, pero si he de ser sincera, creo que sabía que habría alguna genialidad en todo aquello. Fue la cura perfecta para mi corazón. Comenzó y terminó todo en la misma tarde, una especie de pócima ideal. Aún ahora hay tardes en las que deseo estar de nuevo en aquel lugar sentada a tu lado, y tú, besándome sin más mínimo aviso.

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